Thursday, August 27, 2009
Crepe de un pasado.
Al día siguiente puso manos a la obra. De a poco, la tarea se le volvió obsesión: fotos amarillentas, casetes de músicas vulgares, el poema pedido, dos camisitas blancas, un zapato de taco de aguja roto, libros de yoga furiosamente subrayados, la cuenta de un restorán chino, un boleto de tren de cartón gris y rojo. Más de una vez, en esos días, la llamó: te acordás, Lisa, cuando estábamos en la universidad, esa tarde que; te acordás de aquella vez que te pusiste el abrigo de pieles de; te acordás de ese compañero tuyo de oficina que. Tuvo un velo de celos, se rió. En algún momento de debilidad, solo en el water, cayó en la cuenta de que él participaba de casi todo ese pasado que inventaba, y se asustó: una cosa era un pasado para ella, una muy distinta que ese pasado avanzara sobre él. Pero siguió adelante: empezó a extrañar aquellas noches que nunca habían pasado juntos, esos viajes magníficos -e incluso sus menguados contratiempos-, esas comidas a la luz de velas que jamás, esas charlas en que alcanzaba con callarse. Empezó a extrañarla.
Martín Caparrós es autor de Una luna (Anagrama)
Tuesday, August 11, 2009
Crepe de Personas Moluscas
[...] Y es entonces, cuando alguien muere, y te llegan a los sentidos el vaho de su cabello en verano, la frescura de sus pecas en invierno, el mensaje de su ropa… Es entonces cuando te preguntas si os abrazasteis lo bastante.
[...]Inevitablemente, uno mira alrededor para comprobar si está abrazando lo bastante a quienes le rodean y le importan. Y comprende que hay mucho abrazo vano y mucho besuqueo en el aire, pero que nos falta acercar el pecho, darse con el torso uno de esos toques profundos, una de esas transmisiones de afecto que el otro metaboliza, que acompañan.
[...]No hablo de amantes –ése sería otro cantar: que hablen quienes aún tienen hormonas–, hablo de amigos. ¿Nos apretamos las manos, no para saludarnos, sino para comunicarnos? ¿Lo hacemos en público, sin importarnos los demás sólo porque nos lo pide el cuerpo, sólo porque nos parece necesario, sólo para decir “estoy aquí, contigo, como siempre”? A veces sí. Pero no con tanta frecuencia como deberíamos.
[...]Hay personas ríspidas, hirsutas, erizadas. Me faltan definiciones, pero muchas tienen que ver con los moluscos.
[...]Hay gente que no sabe abrazar y que no lo sabrá nunca, con lo que eso supone de soledad interna para ellos, y de despellejamiento de los abrazos de uno, de frustración. Y hay gente que abraza demasiado, tanto que se desvaloriza, y termina dando tanto que da muy poco.
Pero entre medias hay personas que aprenden a abrazar, que superan el miedo al compromiso –o simplemente, a no saber hacerlo, a que se les note la falta de costumbre– y que se van abriendo de a poquitos. Créanme de nuevo –pues entre lectores y leídos siempre hay algo de relación de mutua fe–, es una sensación extraordinaria asistir a eso, al descubrimiento de los tiernos gestos físicos, gestos amistosos hasta el tuétano, gestos puntuales que acercan más que las palabras o que dotan de sangre y calor a las palabras, o que hablan con una elocuencia para la que aún no hemos inventado palabras.
Hay personas que aprenden a abrazar, y personas que aprendemos a apreciar su esfuerzo y a respetar sus caminos. Y agradecemos que eso ocurra, porque es un trabajo que habremos hecho en vida y del que nadie se arrepentirá.
Maruja Torres. Perdonen que no me levante. El País, 9 agosto 2009