And so it is, Just like you said it would be, Life goes easy on me, Most of the time

Thursday, August 27, 2009

Crepe de un pasado.

Le pidió que le diera, por favor, un pasado. Afuera hacía calor, adentro había cerveza, ellos charlaban sin pasión, como quienes ya saben que hablar no cambia nada. Hasta que ella lo miró con una fuerza rara -los ojos entornados, los labios apretados dibujándole estrías- y le dijo en serio, Rober, un pasado, necesito un pasado. Nada importante, le dijo, un par de fotos bien armadas en la computadora, quizás un anillito de recuerdo, algún libro digamos que olvidado, un regalo tan inadecuado que me duela. Y, si te animás, un poema o una canción o algo que me dé la sensación de que en algún momento me creí que sí valió la pena. Él se sorprendió de que el pedido le pareciera tan sensato; después pensó que él no era la persona indicada, que nunca había sido la persona indicada. Se lo dijo, ella se rió -ella creyó que era una broma complaciente- y le dijo no seas pedante, Rober. Entonces él aceptó y se dijo que aceptaba porque Lisa era una amiga de tantos tantos años, pero sabía que era porque ella había creído que su confesión extrema era una broma.

Al día siguiente puso manos a la obra. De a poco, la tarea se le volvió obsesión: fotos amarillentas, casetes de músicas vulgares, el poema pedido, dos camisitas blancas, un zapato de taco de aguja roto, libros de yoga furiosamente subrayados, la cuenta de un restorán chino, un boleto de tren de cartón gris y rojo. Más de una vez, en esos días, la llamó: te acordás, Lisa, cuando estábamos en la universidad, esa tarde que; te acordás de aquella vez que te pusiste el abrigo de pieles de; te acordás de ese compañero tuyo de oficina que. Tuvo un velo de celos, se rió. En algún momento de debilidad, solo en el water, cayó en la cuenta de que él participaba de casi todo ese pasado que inventaba, y se asustó: una cosa era un pasado para ella, una muy distinta que ese pasado avanzara sobre él. Pero siguió adelante: empezó a extrañar aquellas noches que nunca habían pasado juntos, esos viajes magníficos -e incluso sus menguados contratiempos-, esas comidas a la luz de velas que jamás, esas charlas en que alcanzaba con callarse. Empezó a extrañarla.
Martín Caparrós es autor de Una luna (Anagrama)

Tuesday, August 11, 2009

Crepe de Personas Moluscas

[...] Y es entonces, cuando alguien muere, y te llegan a los sentidos el vaho de su cabello en verano, la frescura de sus pecas en invierno, el mensaje de su ropa… Es entonces cuando te preguntas si os abrazasteis lo bastante.

[...]Inevitablemente, uno mira alrededor para comprobar si está abrazando lo bastante a quienes le rodean y le importan. Y comprende que hay mucho abrazo vano y mucho besuqueo en el aire, pero que nos falta acercar el pecho, darse con el torso uno de esos toques profundos, una de esas transmisiones de afecto que el otro metaboliza, que acompañan.

[...]No hablo de amantes –ése sería otro cantar: que hablen quienes aún tienen hormonas–, hablo de amigos. ¿Nos apretamos las manos, no para saludarnos, sino para comunicarnos? ¿Lo hacemos en público, sin importarnos los demás sólo porque nos lo pide el cuerpo, sólo porque nos parece necesario, sólo para decir “estoy aquí, contigo, como siempre”? A veces sí. Pero no con tanta frecuencia como deberíamos.

[...]Hay personas ríspidas, hirsutas, erizadas. Me faltan definiciones, pero muchas tienen que ver con los moluscos. 

[...]Hay gente que no sabe abrazar y que no lo sabrá nunca, con lo que eso supone de soledad interna para ellos, y de despellejamiento de los abrazos de uno, de frustración. Y hay gente que abraza demasiado, tanto que se desvaloriza, y termina dando tanto que da muy poco.

Pero entre medias hay personas que aprenden a abrazar, que superan el miedo al compromiso –o simplemente, a no saber hacerlo, a que se les note la falta de costumbre– y que se van abriendo de a poquitos. Créanme de nuevo –pues entre lectores y leídos siempre hay algo de relación de mutua fe–, es una sensación extraordinaria asistir a eso, al descubrimiento de los tiernos gestos físicos, gestos amistosos hasta el tuétano, gestos puntuales que acercan más que las palabras o que dotan de sangre y calor a las palabras, o que hablan con una elocuencia para la que aún no hemos inventado palabras.

Hay personas que aprenden a abrazar, y personas que aprendemos a apreciar su esfuerzo y a respetar sus caminos. Y agradecemos que eso ocurra, porque es un trabajo que habremos hecho en vida y del que nadie se arrepentirá.
Maruja Torres. Perdonen que no me levante. El País, 9 agosto 2009