Joseph Brodsky, el premio Nobel de Literatura nacido en Leningrado, pero que vivió desde 1972 en Estados Unidos, el Nabokov de la poesía, recogió en
Marca de agua una de las sensaciones más placenteras que el viajero puede experimentar en un lugar sacralizado por la costumbre y los manuales: perderse. Brodsky, empleando la imagen de un trayecto en barco por la noche, concluyó que la pérdida del rumbo no es sólo una categoría náutica, sino sobre todo psicológica. Nada mejor para enfrentar la experiencia que salir sin brújula ni mapa a perderse, dejarse conducir por el instinto o, sencillamente, llegados a una encrucijada, tomar por el lado menos transitado. Porque, la pérdida es en sí misma un beneficio, una garantía para el hallazgo, ya que al final de cada sendero siempre se encontrará algo: una cariátide insolente, un balcón sobre el agua, ropa tendida como viejas banderas ondeando al viento de la Historia.
O incluso, por qué no, un punto de no retorno en el que admirar nuestro propio rostro reflejado en el agua, esa metáfora de metáforas.
(Ricardo Menéndez Salmón, El País)