Aunque cada vez me gusten menos los aeropuertos, qué bonito es la nieve en cada borde en mi camino de vuelta a París. Con su límite bien marcado, pero con cuidado, que se derrite, y baja. Qué buena evolución.
Tenía ganas de venir. Tenía ganas de quedarme. Tenía ganas de parar a medio camino.
Pero llegué hasta el final. Y aquí estoy, con ganas de cosas bonitas.
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