Para la tarde, tenemos papel de croquis, rotuladores de colores, y de repente una llamada. Silencios al otro lado, y algún que otro moco. En este lado de la mesa también aparece el asombro, la incapacidad para hablar, y menos para opinar.
Por la tardecita, ese periodo de tiempo no establecido cuantitativamente, aparecen los látigos, las patadas, o cómo lo queramos llamar. Lo que sea, pero lo que marca el fin del agobio anterior, y el principio de algo que sabemos muy bien lo que no es.
En la noche, todo parece claro. Hasta que cambian la hora, y el mundo canario y peninsular coinciden por unos minutos, y en ciertos lugares. Lo que empezaba como breve, se extendió hasta horas tempranas con cualquier circunstancia que demuestra cómo puedes llegar a ser.
Cada vez más claro lo que no quiero, y lo que quiero: asi que no me pidas un beso. Tengo derecho a ponerme unos tacones, ver a los demás desde mi presencia y la suya, y acompañar a mis amigos a casa, y en lo que haga falta.
Estos cuatro días han sido estos tiempos y todo lo que haya en medio, antes o después. Lo del medio se debe entender como la familia, un concierto, o un paseo. Cualquier excusa es buena para plantearnos un tipo de relación con lo que aparece.
No comments:
Post a Comment